Esa noche me acosté más temprano de lo normal, alrededor de las 22:00 horas, había tenido un día por demás estresante y muy ocupado, y ella lo sabía.
Después de treinta minutos, o de una hora, cuando mucho, por fin quedé profundamente dormido. Debieron pasar al menos dos horas, cuando, muy en el fondo de mi ser, aquella pasiva y atenta esencia humana que se mantiene mientras uno duerme, me notificó el ruido de la perilla de la puerta girando, seguido del crujir de la madera de la misma.
No debió prestarle mayor atención mi ser, pues continué sumergido en mi profundo sueño. Además, qué garantía o certeza tenía yo de que lo que había escuchado no se tratase de algo que estuviese a punto de empezar a soñar. Más aún, tal vez se trataba de la puerta del sanitario o de la habitación contigua, después de todo, seguro estaba que no vivía solo en la casa: alguien de mi confianza me acompañaba en el día a día.
A lo lejos sentí unos pasos, entrando a mi dormitorio. ¿Era acaso probable que la mujer con quien convivía se hubiese atrevido a perturbar mi descanso? Y si es así, ¿Cuáles eran sus intenciones? A caso soy un hombre de su agrado y ha entrado a mi habitación con la intención de hacerme compañía en la cama? Seguí durmiendo…
Pac, pac, pac, pac, cuatro pasos, dos más, hasta llegar al pie de mi cama. Seguí durmiendo…
En mi sueño, porque aún sigo durmiendo, ¿No es así?, la veo sentarse en el piso, cierra sus ojos y levanta sus manos.
“No, espera, esto ya no me agrada”, me digo a mí mismo. Intento despertar pero no tengo éxito en esto. A lo lejos escucho susurros.
Continuará...